De la experiencia con el padre Chinchachoma y los modos para con la infancia

by Ernesto Elizalde Castillo

Una ocasión me tocó participar en la organización de lo que fue el Encuentro de la Juventud Popular de la Ciudad de México y, dado que nos reuníamos gente de varias organizaciones que tenían que ver con los jóvenes, de diferentísimos lados, enfoques, estratos sociales y temas de la juventud, en una reunión de organización tuve la oportunidad de conocer al padre Chinchachoma.

Este señor, fue un sacerdote católico, indudablemente muy controversial, quien fundó Hogares Providencia A.C., un grupo de casas donde atendía a niños en “situación de calle”, así le denominábamos a los niños que no tenían casa y que buscaban la forma de salir adelante de cualquier tipo de forma en la calle, para ofrecerles techo, comida, educación, educación religiosa y otras cosas.

Una ocasión, Chinchachoma nos platicaba que, la forma de lograr acercar a los niños a sus casas, era a través de un método, en donde él se paraba en alguna puerta de la Central de Autobuses del Norte y observaba a los chicos que se encontraban en la zona en donde, después de varios días, podía llegar a la conclusión de que algunos se dedicaban al robo, otros a bolear zapatos, otros a cargar maletas, otros a la venta de chicles y otras varias tareas.

Después de algunos días de estar parado en el mismo punto, de manera natural, se iban acercando los mismos niños para preguntarle qué era lo que él hacía ahí. Era ese momento, en el que él aprovechaba para empezar a platicarles sobre las casas que tenía, sin invitarlos en una primera instancia pero, construyendo la confianza con ellos. Eventualmente alguno de ellos se interesaba en el tema y entonces sí lo invitaba a conocer las casas.

Según su referencia, al niño que llegaba se le mostraba que iba a contar con cama, con seguridad, con la obligación de bañarse todos los días, con comida, pero también con la obligación de apoyar a lavar los trastes, con ropa limpia, pero también con la obligación de apoyar el lavado de estos, con la seguridad de ser atendido si se enfermaba, pero también con la obligación de apoyar a los demás y otras reglas.

Al parecer tuvo mucho éxito atrayendo a muchos niños y jóvenes a sus casas; sin faltar por supuesto muchos problemas que se acarreaban con dicho proceso.

Chinchachoma (Le decían así por su calvicie) tenía por política, originalmente, la de no tocar a los niños en la expectativa de que los vecinos, gente que apoyaba a las casas, las autoridades y otras instancias, no fuesen a suponer que él era pederasta y su objetivo era el de construir su propio harem de niños para su deleite personal.

Una ocasión, llamémosle “Juanito“, no llegó a casa, e inmediatamente todos los demás lo fueron a buscar a todos lados. Buscaron en los lotes baldíos, en los hospitales, en los misterios públicos, entre los vecinos, pero Juanito no apareció por ningún lado.

Meses después, llega uno de los chicos, y le avisa a Chinchachoma qué Juanito estaba en la puerta. Lo hace pasar y lo confronta, Primero le hizo saber que los tenía muy preocupados a todos sus hermanos y a él, así como el gusto por saber que estaba vivo, pero que también estaba muy molesto por su desaparición repentina y por supuesto le pregunta “¿Dónde estabas?“.

Juanito le decía “por ahí, por ahí”, pero, dado que la respuesta era demasiado somera y burda, lo estuvo fastidiando hasta que, después de mucho tiempo le revela la verdad y le confiesa que se había ido a una casa de prostitución, que fue donde pasó todo ese tiempo. Por supuesto, Juanito había sido víctima de agresión sexual durante dicho periodo.

Por lo que esta vez, el enojo de Chinchachoma, era distinto y le pregunta “¿Por qué lo hiciste, si es si tenías todo para estar seguro? ¡No tenías ninguna necesidad!“ A lo que Juanito en esencia le dice “es que se siente bien bonito que te acaricien“.

Chinchachoma quedó estupefacto y en ese momento le cayó el veinte de muchas cosas, de manera que llegó a la conclusión de que, efectivamente, los niños “normales“ requieren del cariño y afecto, físico, de los padres, quienes normalmente lo expresan a través de besos, abrazos, nalgadas, apretones de mejilla y otras formas.

Inmediatamente hizo una reunión con los demás niños y les informó que a partir de ese momento, sin importar lo que diga la gente, tendría que haber besos y abrazos para todos, y así fue en lo sucesivo.

Chinchachoma, nos subrayó que esta forma de hecho, resultaba ser altamente positiva para los niños y contribuye a la sensación de seguridad de ellos. Era, a través del contacto humano, que se lograba una verdadera integración fraterna entre los chicos y sus tutores.

En lo personal, no conozco a ninguno de los chicos que hayan crecido en los Hogares Providencia. Indudablemente me parece que sería muy interesante conocer estas experiencias, tanto las positivas como las negativas y mejorar la evaluación de beneficios de este proceso.

Mientras tanto, yo usé este concepto para cuando, años más tarde, me convertí en padre de familia y Resultado de ello, de manera regular, lleno de besos y abrazos a mis hijas, esperando que tengan la certidumbre de que en casa se encuentran totalmente seguras y se sepan amadas.

En otro enfoque, quienes hemos sido maestros de escuela y hemos tenido que convivir regularmente con niños y jóvenes, normalmente tenemos la política de no tocar a los niños ni para bien ni para mal. En mi caso, buscando diferenciarme de los maestros que le tocaron a mis padres, quienes daban coscorrones o de plano vara al menor pretexto.

Pero, la experiencia que tiene mi esposa en su escuela, es que existen muchos niños que, pese a que tienen una situación sumamente acomodada en lo económico, viven con un solo padre, consecuencia del divorcio, o bien con ambos padres, pero, en ambos casos, tanto los divorciados como los unidos, muchas veces se encuentran muy ausentes de casa, pues se supone que están “partiéndose el lomo” para sostener dicho nivel de vida. Es en estos niños, donde, varios de ellos plantean de manera regular la posibilidad de suicidio, no se sienten queridos por sus padres y se hacen o muy inseguros o muy agresivos. Algún buen psicólogo tendrá que darme una opinión respecto de si mi perspectiva es correcta o no.

Mientras tanto, me queda claro que muchos niños, tanto hombres como mujeres, se acercan a mi esposa para abrazarla, incluso estrujándola, besarla, acariciarle las mejillas o el cabello, le hacen dibujos de amor en el pizarrón, le dejan notitas y le dan obsequios y ellos quisieran que mi esposa los adoptase, así lo llegan a expresar, posiblemente buscando el cariño que no obtienen en casa.

Habría que analizarlo a fondo.

Reuniendo estas experiencias, me queda en el aire la pregunta de si será verdaderamente positiva la política de no tocar a los niños.

Por supuesto, entiendo y me sumo a cabalidad a la preocupación que tienen muchos padres, legítima y genuina, de qué sus hijos pueden ser víctimas de los pederastas y, por lo mismo, tiene toda la sensatez del mundo pedir a una escuela que los adultos no toquen a los niños, y sin embargo, me quedo con la preocupación de qué los niños paguen sin querer un precio colateral por estas decisiones.

De momento, pensaría en que, dado que es estadísticamente improbable que las mujeres sean las agresoras, quizá sea sensato abrir un poco el espectro para que las maestras, mujeres, tengan oportunidad de abrazar y apapachar, incluso legalmente, a los chicos, en la búsqueda de que tengamos niños sanos, llenos de amor y cariño.

Por supuesto, mi mejor expectativa es que, como sociedad, protejamos profundamente a los niños, pero en las formas más inteligentes posibles. También debemos hacer lo sensato para obtener en lo posible los mayores beneficios para todos.

La intención de expresar todo lo que lo que he planteado, es la de ponerlo en la mesa para su discusión, de forma que entre todos lleguemos a mejores estadios de progreso.

 

Un saludo a todos.

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