De dioses, chakras y unicornios

by Ernesto Elizalde Castillo

Como la gran mayoría de ustedes sabe, en términos prácticos, soy un ateo consumado.

Aquellos que tengan creencias de tipo fanático, se apresurarán a decir que soy apóstata, hereje y otros epítetos, en algunos casos queriendo regresarme a la supuesta verdad de la religión y en otros buscando extirparme de esta sociedad (A veces en forma violenta, a veces a través del ostracismo).

 

Por una parte tendría que decirles que, indefectiblemente, todos somos ateos. En primera instancia, porque así nacimos todos, sin creer en absolutamente ningún dios y no fue, sino hasta más adelante, que alguien más nos hizo “el favor” de imponernos algún dios de la enorme lista, a veces en la expectativa de hacernos bien y a veces mal.

Por otra parte, cuando negamos por ejemplo la existencia de Kauyumari, el dios de los wixárikas, cuando negamos su leyenda, sus enseñanzas, sus prácticas, formas de comunicación con este y otros aspectos, en el sentido griego de la palabra, estamos negando a este dios en específico y por tanto somos ateos.

Esto es, parafraseando a Savater, la única característica que hay peculiar en un ateo normal, es que este no hace más que sumar uno a la lista de más de 4000 dioses que existen. Esto es, el católico es ateo respecto de unos 3999 dioses y el ateo de 4000.

La religión, es todo un problema, y en mi parecer, casi nunca una solución. Ya que, indefectiblemente también, se encuentra la semilla de la intolerancia dentro de cada una de estas, ya que la fe que se tiene que depositar en ellas obliga, por definición, a negar, atacar, excluir o considerar como equivocados a todos los demás. Situación que es justamente la definición de fanatismo.

Por otro lado, las grandes religiones monoteístas, por alguna razón que mucha gente no entiende, se encuentran vinculadas normalmente con sistemas fascistas, totalitarios, dictaduras y tiranías.

Cuando algunos buenos samaritano me intentan dar, como ejemplo del ateísmo a un Stalin o un Mao, tendría que decirles que aquellos, como buenos fascistas, simplemente buscaron sustituir al dios previo por ellos mismos, como figuras de una nueva religión; esto es, me parece que sigue siendo válida la interrelación entre fanatismo, religión y dictaduras.

De acuerdo con Yuval Noah Harari, en su libro De Animales a Dioses, propone que los sistemas mitológicos formaron parte del desarrollo cognitivo del ser humano, lo que permite más adelante construir otros grupos de creencias como las leyes, los estados, los derechos humanos y otros conceptos intangibles, que nos permiten organizar a monos en manadas de más de 150 individuos.

Esto es, gracias a conceptos como la religión o ideales políticos, podemos reunir a varios miles de personas en una plaza, ya sea escuchando al papa o un AMLO, sin que se propicien actos de violencia y se concurra de manera ordenada. A diferencia de si intentásemos hacer lo mismo con un grupo de chimpancés o gorilas, situación en donde sería imposible realizar semejante reunión. Cosas de la evolución.

Dado que cada creencia estima que su verdad es la contundente, real y absoluta, se propician las peores discordias en el supuesto beneficio de la humanidad, haciendo exactamente lo contrario.

Los que nos consideramos ateos, en el sentido normal de la palabra, también tenemos creencias en entidades supremas o conceptos más grandes que nosotros mismos. Esto es, en cierto sentido, no somos ateos pues seguimos teniendo creencias.

Así por ejemplo muchos de nosotros tenemos la creencia de que provenimos de un Big Bang, mismo que es el creador de nuestro universo conocido. No nos consta, ya que no estuvimos ahí cuando empezó todo; la gran mayoría de nosotros no hemos hecho los cálculos de física para poder llegar a estas conclusiones y, por tanto, creemos en el trabajo que han hecho los investigadores científicos del campo como una verdad a priori (cuando justamente la ciencia, no se enfoca a la búsqueda de la verdad, sino a la descripción de los hechos). A veces creemos en conceptos como la humanidad o incluso la democracia o el estado. Si nos fuésemos a los hechos, podríamos ver que realmente todos estos conceptos dan más elementos para pensar mal, que para pensar bien. Esto es, a veces se tienen también fanatismos desde aquellos que nos decimos ateos.

Sin embargo, nunca he visto a ningún creyente del Big Bang perseguir, asesinar o torturar a otro para convencerlo de que este concepto es el que rige y no la creencia individual del otro.

Misma acotación que en los casos de Stalin y Mao, estos realizaron genocidios no en la búsqueda de convencerlos del ateísmo, sino en algo más trivial, peculiar del tirano, mantenerse en el poder, nada más. A diferencia de los cruzados, quienes si asesinaban diciendo que lo hacían por órdenes directas de su dios.

La expectativa de mi ateísmo personal, no tiene la búsqueda de perseguir cristianos o musulmanes, acabar con ellos o quedarme con sus propiedades (Cosa que si han hecho estos en su momento). Siempre ha sido más bien la búsqueda de la verdad, por cruda o cruel que ésta sea, como el hecho de no tener reservado un lugar en el Paraíso o un grupo de huríes para saciar mis apetitos sexuales.

En el caso de algunos ateos, dicha búsqueda nos ha llevado a ser escépticos respecto de casi todos los temas.

A falta de evidencias sólidas, hemos sido críticos de conceptos como la homeopatía, la iridología, la acupuntura, los chacras, el aura, los horóscopos, la magnetoterapia, la Ouija, el GT200 (también llamado la Ouija del Diablo, aquel aparato fraudulento comprado por unos 15 millones de pesos durante el gobierno de Calderón), las supuestas visitas de extraterrestres a nuestro planeta, los conceptos de la tierra plana, la tierra hueca y otro tanto más de ideas que pululan por ahí, en donde habemos una cantidad de personas que consideramos que dichos conceptos nos hacen más mal que bien.

Hitler, por ejemplo, buscó construir su propia mitología de la raza aria o conceptos cosmológicos como que las estrellas eran trozos de hielo, posible “prueba” de que el Valhalla fuese un concepto verdadero.

Yo me encuentro perfectamente de acuerdo con que cada una de estas ideas tengan siempre la oportunidad de defenderse a sí mismas, siempre que se realice con evidencias de tipo científico o, relegarlo entonces a la fantasía literaria, que también me parece válida.

De no aportar pruebas suficientes, mismas que tienen que ser presentadas por el que propone y no por el que cuestiona, lo más sensato, es que se cataloguen como ideas curiosas, hipótesis por ser confirmadas más adelante, supercherías, ideas equivocadas o conceptos filosóficos, pero difícilmente como algo verdadero, cierto o confirmable.

Así por ejemplo, tenemos a creyentes de la “propiedad privada”, que, sin pruebas reales, intentan convencernos de que es el estado natural del hombre arrebatarle al otro su tierra o se alienan con el imaginario de que la tierra en realidad les pertenece, cuando no es más que un acuerdo entre ciertos grupos de humanos que definieron en un papel que “eso” es una “realidad”.

También tenemos los malos ejemplos de países europeos que, tomando como verdad indubitable las ideas de Darwin (que de fondo no están mal), se quisieron plantear como entidades superiores, con el derecho de someter a las razas inferiores, y no estamos hablando solamente Hitler, sino de la reina de Inglaterra, los emperadores austriacos y otros pueblos supuestamente civilizados.

La búsqueda de la verdad, no es ni remotamente fácil.

Tenemos el gran problema de la soberbia profesional que permea a grandes áreas de las comunidades científicas por ejemplo.

Una ocasión me tocó participar junto con tres matemáticos, uno proveniente del área físico matemáticas, otro de áreas médico biológicas y otro de las áreas económico administrativas, todos ellos del politécnico, gente muy inteligente, grandes usuarios de la razón y, todos nosotros, con la expectativa de hacer materiales didácticos de matemáticas para todo el bachillerato del IPN.

Me llamó la atención, que cada uno de ellos buscaba descalificar a los otros dos, a veces, entre líneas, sugiriéndolos como incompetentes, por querer enseñar las matemáticas de una o de otra forma.

En matemáticas, el resultado de una ecuación es indudablemente el mismo, de una o de otra forma y, sin embargo, cada uno de ellos se quejaba amargamente por los métodos utilizados por el otro, a veces reprochando la metodología, a veces el algoritmo, otras el sentido pedagógico, otras la importancia o no de la comprensión del problema, del sentido matemático o de su utilidad práctica. Para unos era más importante que el alumno resolviera rápidamente ecuaciones, para otro que éstas se resolviesen en un contexto industrial, otro privilegiaba la comprensión filosófica, etc. Uno de los materiales didácticos con más dificultades que me ha tocado observar. Esto es, para algo que tiene aparentemente mucha formalidad en sus resultados y por tanto no se puede dudar de ellos, y un uso elevado de la razón, existían importantes diferencias entre cada uno de estos expertos y por momentos, parecía irreconciliable la opinión de uno con la del otro. Por lo mismo, no quiero imaginarme cómo es poner a un “experto” en iridología contra otros 100 o a ufologos departiendo, sin tener evidencias estadísticas o de cualquier otra índole para poder sustentar lo que dicen.

Una forma práctica que tengo para quitarme de encima a los creyentes de las mitologías judeo-cristianas, que intentan convencerme de pasarme a sus filas, es contraponerlos con otro creyente, con exactamente el mismo libro, a definir cuál de los dos tiene la interpretación correcta respecto de algún versículo. Nunca logran ponerse de acuerdo respecto de quién tiene la interpretación correcta, se pelean, se descalifican, se rompen las medias y se rasgan las vestiduras. Yo mientras, me voy a comer un helado.

Uno de los grandes problemas que crea el hecho de tener supersticiones, como ya lo vimos durante el gobierno de Calderón y otros gobernantes fanáticos, es que terminan insertando dentro de la educación, la política y otros menesteres sus ideas no confirmadas o sus supuestos.

Así por ejemplo, entre Elba Esther Gordillo y Marta Sahagún, editaron un libro sobre las drogas, planteando mentiras terribles en el proceso. Seguramente promovidas por la religión de ellas.

Calderón está seguro de que el ateísmo es consecuencia de las drogas, mientras que El Bronco asegura que los terremotos son consecuencia de la falta de fe.

Una buena amiga, no tuvo oportunidad de denunciar la violencia familiar en Guadalajara, ya que el pensamiento regular de aquel lado, es que no se puede ir en contra de la familia, imposibilitándola del ejercicio legal al que tenía derecho.

Se les niegan derechos a los homosexuales, simplemente porque muchos aspectos de la ley tienen un trasfondo religioso, como el hecho de suponer como válida únicamente la unión entre hombre y mujer.

Y así sucesivamente, convirtiendo a nuestro país en uno muy atrasado tecnológicamente, sin los buenos niveles de vida que sí existen en otras latitudes como Finlandia, Suecia, Noruega, etc. y acercándonos cada vez más a los que me parecen barbáricos como los países fanáticos religiosos, los árabes o el Vaticano por ejemplo (Para aquellos que no se hayan dado cuenta, el Vaticano es un país de tipo fascista, donde es imposible la democracia y el ejercicio de los derechos civiles que son normales en cualquier otro estado que sí sea civilizado).

Tengo un grupo de amigos, a los que quiero mucho y llevo en mi corazón en formas especiales, que, asimismo son creyentes de conceptos como las “energías“, el tarot, el Gran Espíritu, la Pachamama y otro tipo de creencias que, a priori, son inofensivas y donde, incluso, se forman ambientes, por mucho, más sanos que entre los cristianos y católicos.

A veces, con ellos quisiera dejar de ser yo un rato, para no expresarles que no coincido con esas ideas, aunque si con las buenas intenciones que se gestan con sus formas de vida.

Así por ejemplo, propician un ambiente de hermandad, la búsqueda de ayuda al prójimo, el respeto por la naturaleza, la paz interior y otros grandes beneficios.

A veces existen ciertos aciertos en el momento en el que se subliman ciertas emociones a través de rituales o “extraemos demonios” (emociones que se encuentran en lo profundo de uno) y tienen algún tipo de utilidad como lo que se denomina sanación.

Sin embargo, dichas creencias tienen el problema de que, cuando empiezan a crecer, propiciarán inmediatamente controversias con las ideas científicas, mismas que tienen millones de horas más de sustentación, miles de evidencias, verdades contundentes aunque a veces crueles y despiadadas, pero que se encuentran confirmadas.

También propician problemas de salud.

Por ejemplo, tengo dos primas y algunas conocidas (por alguna razón, normalmente son mujeres), muy bien intencionadas, quienes se preocupan ampliamente por temas de salud. Sin embargo, en su búsqueda de alejarse de los efectos nocivos de las medicinas de patente (registrados y publicados por los mismos medicamentos o laboratorios), en la expectativa de usar alternativas “naturales“, propician, sin querer, que gente que si podía haber sido sanada o tenía posibilidad de combatir un virus, una bacteria o incluso el cáncer, en formas suficientemente efectivas, opten por tés de hierbas, Reiki, acupuntura y otros métodos que, sin ser nocivos, no aportan beneficios reales o medibles a la salud.

La ciencia, por ejemplo, registra casos de gente que ante ciertos virus o bacteria, logra sanar sin el uso de ningún medicamento. Pero, estadísticamente, es increíblemente más probable que logren combatir dicha infección a través de un buen antibiótico, aumentando, como humanidad, las probabilidades de supervivencia.

Esto es, la ciencia no niega que existan casos individuales de gente que haya sanado espontáneamente ante alguna enfermedad. Sin embargo la estadística general normalmente nos muestra que la gente no sobrevive ante ciertos virus o bacterias sin la intervención de un medicamento.

Con toda seguridad, no son válidos los argumentos de “hay gente en Europa que así lo hace“, “a un vecino le funcionó“, “Hay una persona que dio una conferencia y dice que esto es cierto“, “así lo ha hecho mi familia por generaciones”, “¡ya mero me matan en el hospital!”, “el sistema de salud pública es una mierda” y otro grupo de falacias que son inadmisibles en el lenguaje lógico formal o el lenguaje científico.

De ahí la importancia de que exista un mínimo de educación científica que nos permite entender la diferencia entre una cosa y la otra.

Pocos, pueden diferenciar correctamente lo que es ciencia, de lo que no.

Tenemos por ejemplo, la evidencia estadística de que, es miles de veces mejor vacunar a la gente para evitar que el sarampión cobre vidas, aún cuando sea cierto, que exista gente que contrae sarampión y se cura por sí sola o, más rudo aún, existe un pequeñísimo porcentaje de gente que muere por habérsele aplicado la vacuna. De ahí las diferencias entre saber tomar decisiones de estadista y las decisiones que buscan velar únicamente por el interés personal, con el agravante de que a veces, esas mismas decisiones personales terminan siendo terribles para uno mismo.

Así por ejemplo, yo retaría (contra que no me es posible jugar con la vida humana), a que alguien a través del reiki cure a las personas que están muriendo, en este momento, de paludismo en la India. A que con homeopatía se acabe con una epidemia de cólera o que con magnetoterapia entre en remisión un cáncer, más allá de las estadísticas que aporta un volado.

Mi propuesta es, que si alguien tiene un buen método de salud, que aparentemente no coincide con las propuestas científicas actuales, es válido que lo proponga, siempre que nos muestre una medición respecto de los resultados y una correcta descripción del método.

Pero, parte del gran problema, es que por cada método que tenga cierto nivel de plausible, habrán otros 200 que sean propuestos por charlatanes cuyo único fin es el de extraer dinero a los incautos. De ahí que es normal que no se tomen en cuenta aquellas posibles buenas ideas, pues la comunidad científica, por definición, buscará no hacer caso de aquellas ideas que hayan nacido fuera de la ciencia, ya que tampoco se puede perder demasiado tiempo en lo que es altamente probable que sea falso.

Ya de por si, tenemos amplios problemas tratando de frenar a algunos científicos corruptos que acceden a puestos relevantes habiendo robado las tesis de sus alumnos o haber mentido en los resultados de sus estudios, con tal de ser publicados en las revistas especializadas.

Mismo caso para aquellos que creen en ovnis.

Existen cientos de personas que aseguran tener evidencia de la existencia de extraterrestres que nos visitan en este momento y, sistemáticamente, todas, absolutamente todas las “evidencias” que han pasado por el filtro de la ciencia, demuestran ser falsas, malas interpretaciones, búsquedas deliberadas de llamar la atención o de extraer dinero a la gente y, por tanto, ya casi nadie en la comunidad científica puede tomar en serio ninguna propuesta de estas.

Nadie que tenga una buena investigación en curso, con posibilidades de aportar beneficios a la humanidad, derrochará tiempo revisando lo que consistentemente ha demostrado ser un fraude.

Así por ejemplo, Isaac Newton, gastó algo así como el 75% de su tiempo escribiendo sobre teología, alquimia, códigos secretos de dios y otras cosas inútiles, mismos textos que no aportaron ningún beneficio, incluso para los teólogos quienes no usan a Newton como referencia común y, en contraparte, dedicó únicamente el 25% de su tiempo a escribir sobre ciencia, donde aportó beneficios importantes y gigantescos para toda la humanidad. Así por ejemplo, entre otras cosas, mucha de la gente supersticiosa se comunica, sin saberlo o entenderlo, a través de los satélites que son puestos en el espacio, gracias a Newton.

Por otro lado, desde la invención de la penicilina, se abrió la puerta para los grandes medicamentos científicos, mismos que, pese a que tienen en muchos casos efectos colaterales nocivos, han permitido con toda seguridad, que el promedio de vida se duplique en el último siglo.

Lo que me parece curioso, es que, en lugar de festejar, aumentar nuestro conocimiento, desarrollar mejores métodos y mejores medicamentos, hay mucha gente que busca satanizarlos y echarles la culpa de que, ahora en lugar de morir de una pulmonía, morimos de cáncer.

El cáncer es un conjunto de enfermedades, mismo que representa uno de los últimos límites que tenemos hasta el momento, que nos impiden extender nuestra vida aún más. Ahora, la gente muere de cáncer, pues ya es sumamente difícil morir de pulmonía, de tuberculosis, de una indigestión, de una infección y otro grupo de cosas qué hora nos parecen risibles.

No podíamos tener suficientes casos de cáncer hace un siglo, básicamente porque la gente no alcanzaba a llegar a las edades a las que llegamos ahora. Te morías de otras cosas pues.

De ahí el aparente boom de dicha enfermedad.

Así por ejemplo, el doctor Gustavo Baz, a cargo de la SSA, a través del uso de la medicina científica, el siglo pasado, logró cambiar radicalmente el porcentaje de niños muertos recién nacidos y, ahora, la cifra es diametralmente opuesta, gracias a la implementación de dicha medicina. Indirectamente es culpable de la superpoblación décadas después.

Ignaz Philipp Semmelweis, a mediados del siglo XIX, logró, sólo con la correcta aplicación de las reglas de higiene, convertir un hospital materno que garantizaba hasta un 35% la muerte de la madre que ingresara, en una buena probabilidad de supervivencia: menos del 1%. Esto es, antes de Semmelweis, las mujeres en labor de parto morían en importantes cantidades. Con la aplicación de normas de higiene, se reduce a menos del 1% estas muertes. Casi cualquiera de nosotros hubiese dicho ES OBVIO. Sin embargo, el personal del hospital que él dirigía se quejó amargamente con tales medidas, escribieron mucho queriendo convencer al mundo que tales medidas de higiene eran de chairos (por supuesto lo planteaban en otros términos), que esa modernidad iba en contra de lo que planteaban los expertos, que lo único que hacían era quitar tiempo a los buenos doctores que podrían atender a más personas si no pasasen por el ritual de lavado que les imponía Semmelweis y otra sarta de tonterías (como lo supimos a la postre). En cuanto deja el cargo, todo el personal regresó a hacer lo que siempre hacían, obteniendo nuevamente sus fatídicos resultados.

Parte del problema de Semmelweiss: no era buen comunicador. La gente no entendía los porqués de sus extrañas decisiones y resultaba más fácil atacarlo que leer las investigaciones que se hacían, desde la ciencia, en otras latitudes.

El tema es sumamente amplio y lo sigo comentando en otra oportunidad.

Saludos a todos.

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