Algunas perspectivas del terremoto del 19 de septiembre de 2017

by Ernesto Elizalde Castillo

 El pasado 19 de septiembre, casualmente día de la conmemoración del sismo de 1985, nos sacudió un terremoto de una importante magnitud, 7.1 en la escala de Magnitud de Momento.

 En mi caso particular, me encontraba trabajando en la computadora en mi oficina de casa, cuando súbitamente sentí la vibración como si un tráiler estuviese circulando junto a mi casa, lo cual era completamente imposible dado que no hay forma de que pasen tráileres remotamente cerca de mi ubicación. Situación por la cual deduje inmediatamente que tenía que ser un temblor.  Inmediatamente corrí hacia afuera de la casa, pero, dada la intensidad, decidí quedarme en uno de los patios internos, ya que parecía probable que los pocos metros que restaban para llegar a la puerta pudiesen representar suficiente tiempo para que la casa colapsara.  Araceli, mi esposa, me gritaba para que saliese completamente de la casa, a lo que le respondía que ya se quede ahí, que yo me quedaría en el patio. Para ese momento ya arreciaba  en intensidad el terremoto y estaba bastante seguro de que la casa caería en cualquier momento.

Es de esas situaciones en donde no se le ve el fin a la situación y en mi mente, pasaba la idea de que si la intensidad era tal en casa, ubicada en cerro y en una zona donde casi no se sienten los temblores, era indicador de que en la Ciudad de México tendrían que estar ocurriendo, para ese momento, ya una cantidad importante de tragedias.  Es, en esos momentos, cuando uno siente que todo el mundo está pasando la misma situación y que quizá sea el fin de la vida como la conocemos. 

 En cuanto terminan las oscilaciones, inmediatamente corro a la ventana trasera para ver el fragmento de ciudad que es posible observar desde ahí y, para mi gratificación, se veía en pie casi toda la ciudad, salvo algunas humaredas que indudablemente indicaban  que ya habían caído varias construcciones. Al menos no se veía tan fatídico Como me lo había imaginado.

 Por supuesto, las primeras prioridades en ese momento son las de ver que se encuentren bien los familiares cercanos, en forma jerárquica y de proximidad. 

 Hecho lo anterior, buscamos informarnos tan pronto como se pudiese de la situación en la Ciudad de México, ya que preveíamos calamidades. A los pocos minutos nos fuimos enterando de que estas habían ocurrido y qué ya empezaba a salir la gente a atender dichos casos. Supusimos, mi esposa y yo, que se trataría de unos pocos edificios. Sin embargo, con el pasar del tiempo, a lo largo de los siguientes minutos, nos fuimos enterando de cada vez más y más  edificaciones que bien colapsado que incluyen, no solamente edificios habitación, sino industrias, oficinas de gobierno, centros comerciales y, en específico y de lo más doloroso, la escuela privada Enrique Rébsamen, en dónde quedaron atrapados varios niños que se encontraban en clase, incluyendo a una buena amiga que laboraba ahí.  Por supuesto el dato resultó rápidamente desalentador, ya que más de 20 niños y al parecer cuando menos 4 adultos y seguramente más  víctimas, sucumbieron en el evento. 

 Los sismos del 85, teniendo yo 14 años entonces, salí pronto a ayudar junto con mi padre en la repartición de víveres y agua, ya que, en aquel entonces, la ayuda a damnificados, era muy poca y  la coordinación era terriblemente difícil, ya que se habían caído prácticamente todas las comunicaciones. El servicio telefónico, en aquel entonces tardó mucho tiempo en restablecerse, pese a que la compañía de teléfonos había abierto las líneas de forma que a lo largo de mucho tiempo las llamadas fueron los gratis en los teléfonos públicos. 

 Esta ocasión, me fue imposible participar en las labores de rescate, ya que por cuestiones de salud, en espalda y pie, por el momento me es  muy difícil hacer grandes esfuerzos o caminar grandes distancias. 

 Es por eso que me sentí con un gran alivio cuando llegaron rápidamente los reportes de que sobraba la ayuda voluntaria y el reparto de víveres y otros menesteres. Faltando por supuesto, como siempre, ciertas cosas específicas en diferentes lugares, como herramienta,  medicamentos, equipo para el rescate, maquinaria pesada y otras cuestiones que, por obviedad, difícilmente circulan con rapidez. 

 Esta tragedia en específico, nos lleva a diferentes reflexiones por los diferentes aspectos que implica.

De lado político, por ejemplo, los diputados y los partidos, salvo el caso de Andrés Manuel López Obrador, se niegan rotundamente a la distribución de sus presupuestos de campaña, amparándose en la ley, como si fuese verdaderamente imposible distribuir ese tipo de gastos en la reconstrucción de las zonas afectadas, incluyendo por supuesto a los que tuvimos la semana pasada en Oaxaca y Chiapas. Por algún tipo de razón, que como ciudadano no logro entender, la clase política se da auto permisos para saquear este país, venderlo en partes, torcer la ley para vender lo que no se puede vender constitucionalmente (como el petróleo),  pero cerraste en las desde duras antelación la sugerencia de que contarán con menos recursos más adelante.  Aquí, me es importante acotar que entiendo que no se pueden tomar decisiones a la ligera cuando se trata de los recursos públicos y que, por supuesto, debe hacerse conforme a la ley y, sin embargo, estoy convencido también de qué se trata no más que de un poco de disposición política para que una situación por el estilo suceda con suficiente rapidez. 

 Una vez más, al igual que en 1985, el gobierno quedó muy rebasado por la sociedad civil. Incluso, la reconstrucción que se hizo de las construcciones afectadas la vez pasada, la gran mayoría de la inversión fue de tipo privado y no público como podría haber sucedido. Por supuesto, el Estado busco reconstruirse a sí mismo, como lo fueron las, y excelentes dicho sea de paso, instalaciones del Hospital General y el Centro Médico Siglo XXI, por mencionar algunas. Sin embargo, y acordes con las políticas neoliberales, no se desarrollaron más que cajas de cerillos como vecindades en algunos puntos, en lugar de grandes complejos habitacionales cómo le fue en su momento el de Tlatelolco.

 Por otra parte, nuevamente es visible, consecuencia de la corrupción, se construyeron nuevamente edificios que ahorraron en materiales de construcción, que deben haber dado una mordidas para agilizar trámites burocráticos,  que no hubo apego al reglamento vigente o simple estupidez humana.  

 Me indigna el caso del Tecnológico de Monterrey, en donde, la verdad es que no lo sé, pero o bien fue construido con ingenieros egresados de ahí mismo o bien, pagaron mucho dinero para la construcción de sus instalaciones y, de cualquier forma, la instalación  se fracturó, dejando víctimas mortales. 

 Me indigna también, que mucha gente haya preferido dar gracias a la divinidad o enviar muchas oraciones, en lugar de hacer lo que primeramente se debe hacer, que es ayudar  con las manos, con donativos u otras formas.  La parte que me es indignante al respecto, es que existe en forma generalizada, gente que piensa que por el solo hecho de haber hecho oraciones, ya participó en la reconstrucción del país y, aparte, se vanaglorien de ello. 

 También resultó terrible que, por una parte hubo muy coincidentemente, simulacros organizados, con todo el equipo y capacitación previa, que durante la simulación salían las cosas perfectamente y unas horas después, muchos no tenían la menor idea de qué hacer.  Mucha gente se había quejado amargamente de tener que participar en un simulacro y más tarde estaban pletóricos de llantos nerviosos. 

 Me viene a la mente, que la ciudad de Varsovia, misma que fue arrasada por Hitler, fue reconstruida desde prácticamente cero, a través de la voluntad de los polacos sobrevivientes. Los mexicanos pareciera que somos incapaces de reconstruirnos a nosotros mismos, a fin de  garantizar que no nos vuelva a suceder una tragedia por el estilo nunca más. 

 Pese a las voces que hay en contra, me encuentro convencido de que tenemos ingeniería civil de primer nivel y que podemos innovar a niveles superlativos, a fin de lograr que, nunca más, se caiga una edificación ( A menos que nos caiga un gran meteorito o alguna situación por el estilo). 

 Existe por ahí y pienso localizar, la iniciativa de un peruano, arquitecto o ingeniero, que aprovechando un árbol endémico, hace construcciones cual si fuesen cestas invertidas, de manera que no existe ninguna posibilidad que se caigan dichas construcciones. 

 A veces, me parece que nos falta suficiente imaginación, para ver que hay muchas cosas posibles más allá de nuestra realidad actual. 

 Creo que, teniendo un gobierno decente, honesto y que entienda un mínimo de ciencia y tecnología, podríamos avanzar muchas veces más rápido que con el sistema que tenemos en la actualidad. 

 Un saludo a todos y sigo en comunicación. 

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